'Labacengos no es solo el lugar donde vivimos: es una comunidad que construimos entre todos'

Por Noelia Uceira
En la parroquia de Labacengos faltaba algo. A comienzos de los años 2000 apenas había actividades para los vecinos y tampoco existía un espacio propio en el que reunirse. Algunas mujeres que ya coincidían en la asociación de padres y madres del colegio comenzaron a darle vueltas a la posibilidad de crear una entidad que dinamizase la parroquia. Eva, Raquel y Sole están entre quienes dieron aquel primer paso, aunque la idea fue de Beatriz, que años después pasaría a ser la alcaldesa de Moeche.
'¿Cómo no hacemos una asociación de vecinos para esto?', recuerdan que se plantearon. Era 2004 y la sensación que tenían entonces queda resumida en una frase que todavía recuerdan entre risas: 'Esto parecía el estado de Chiapas. Estábamos abandonados, no había nada'.
Así nació la Asociación de Vecinos de Labacengos, que comenzó a organizar actividades y a buscar fórmulas para que los vecinos tuviesen espacios en los que encontrarse. Lo que inicialmente partía de unas pocas personas acabaría convirtiéndose, con el paso de los años, en una de las entidades más activas del municipio.
De una nave a un centro social

Los primeros años de la Asociación de Vecinos de Labacengos estuvieron marcados también por la falta de un espacio propio. Para desarrollar sus actividades utilizaban una nave privada, O Ventoeiro, un espacio que anteriormente estaba relacionado con el aeromodelismo y que podían utilizar gracias a que se lo dejaban.
Allí hicieron de todo: cursos de cocina, costura, labores, pandereta y diferentes charlas. El problema era que las condiciones no eran precisamente las más cómodas. 'Era una nave donde guardaban aviones', recuerdan durante la entrevista.
En verano, el calor podía llegar a ser asfixiante y en invierno tocaba abrigarse. 'Tuvimos una churrascada y moríamos aplastados de calor. Pero en invierno tenemos estufas y tenemos calefactor, pero sigue siendo una nave. Hay que ir abrigado', explican.
A pesar de las condiciones, los vecinos llegaron a preferir aquel espacio a tener que desplazarse a otros locales. Lo recuerdan especialmente al hablar de los talleres de cocina: podían utilizar otro local con cocina, pero estaba más alejado y los vecinos no querían desplazarse hasta allí. 'Preferían ir para O Ventoeiro para pasar frío', cuentan entre risas.

El salto llegó cuando el Ayuntamiento de Moeche construyó el actual Centro Cívico, Lapatiencos. La parroquia era, junto con Santa Cruz, una de las que todavía no contaba con un espacio de este tipo y la asociación llevaba años reclamando, de alguna manera, un lugar donde poder desarrollar su intensa actividad. 'Nosotros somos los que más actividades teníamos y no teníamos un local', explican. Finalmente, el Ayuntamiento construyó el centro y se lo cedió a la asociación.
El nuevo espacio supuso un cambio importante. Ahora pueden organizar allí buena parte de su programación durante todo el año, aunque las integrantes reconocen que el edificio también tiene aspectos mejorables, especialmente en cuestiones como el aislamiento. La antigua nave, mientras tanto, sigue apareciendo en la conversación como ese lugar algo incómodo pero lleno de recuerdos en el que la asociación fue creciendo.
Deporte, cocina, música y muchas excusas para reunirse

Con el paso de los años, la asociación fue ampliando sus propuestas hasta construir una programación pensada para públicos y edades diferentes. Hay actividades deportivas y de bienestar, como zumba, ejercicios funcionales, estiramientos, suelo pélvico o andainas; propuestas culturales, como la pandereta; talleres de labores y pintura; excursiones y diferentes celebraciones a lo largo del año.
La cocina ocupa un lugar especialmente importante. Los cursos y talleres tienen una gran acogida entre los vecinos. 'Aquí los cursos de cocina triunfan siempre', explican.
Y también las comidas sirven como una poderosa herramienta para conseguir participación. Ellos mismos tienen identificada la fórmula: 'La palabra mágica es aperitivos'.
Una actividad que puede reunir a quince o veinte personas puede alcanzar una asistencia mucho mayor cuando lleva asociada una comida. La asociación ha llegado a organizar encuentros para cientos de personas, aunque actualmente intenta limitar el número de asistentes en algunas celebraciones porque detrás de cada comida hay muchas horas de trabajo.

Las excursiones son otra de las actividades habituales. Portugal es uno de los destinos que más éxito tiene, aunque el objetivo de las salidas va más allá de conocer un lugar concreto: viajar juntos, comer, charlar y pasar el día en compañía.
La programación se completa con propuestas relacionadas con las tradiciones gallegas. La pandereta tiene su propio espacio a través de las Desmuíñadas do Ventoiero, mientras que las labores, la pintura y otros talleres mantienen el local activo y permiten que participen vecinos con intereses muy diferentes.
El Carnaval también se prepara entre todos
El Carnaval es otra de las citas importantes del calendario de Labacengos. La asociación elabora sus propios disfraces y, aunque las primeras ideas pueden empezar a comentarse con meses de antelación, la realidad es bastante menos organizada que la de una comparsa profesional. 'Lo hacemos entre todos y, a lo mejor, una semana antes', cuentan entre risas. Las ideas, eso sí, están presentes durante todo el año: 'Hablamos todo el año. Hay que pensar. Mandan esto, mandan lo otro...'.

La improvisación y el ingenio han dado lugar a algunos de sus disfraces más recordados. Un ejemplo fue un dominó gigante hecho con cajas de cartón. La idea inicial parecía sencilla: reciclar el material y evitar gastos. 'Hicimos un dominó. Con cartón. Una caja de cartón', recuerdan.
El plan de ahorrar acabó, sin embargo, teniendo una consecuencia inesperada. Porque si el disfraz era de cartón, había que pintarlo. 'Acabamos con la pintura en la cooperativa de A Barqueira, y con parte de la de San Sadurniño', cuentan entre risas. Otra integrante lo recuerda como uno de los mejores: 'Para mí fue el mejor, lo pasamos bomba'.
El dominó no fue precisamente un disfraz de usar y tirar. Las piezas todavía permanecen guardadas en O Ventoeiro, como recuerdo de aquellos carnavales y de una forma de trabajar que se repite en la asociación: aprovechar lo que hay, poner imaginación y, si hace falta, echar muchas horas de trabajo.
La elaboración de los disfraces sirve así como otra muestra de cómo funciona la asociación: no hay grandes producciones ni meses de ensayos, sino vecinos que aportan ideas, materiales y horas de trabajo para conseguir que, cuando llegue el Carnaval, Labacengos tenga su propio disfraz.
La Fiesta de la Esfolla, una tradición convertida en encuentro

Entre todas las actividades de la asociación, hay una que ocupa un lugar especial: la Fiesta de la Esfolla.
La celebración recupera una tradición vinculada a las antiguas labores agrícolas y la convierte en una jornada en la que el trabajo alrededor del maíz se mezcla con la gastronomía, la música y la convivencia. Es una de esas citas en las que la asociación consigue reunir a vecinos de diferentes edades alrededor de una costumbre que forma parte de la memoria de la parroquia.
El problema es que la esfolla, como trabajo, no tiene hoy el mismo atractivo que como fiesta. Y ellos lo saben. 'La gente quiere comer y no esfollar', reconocen entre risas.
Pero precisamente ahí está una de las claves de la celebración. La asociación ha conseguido adaptar una tradición que podía quedar relegada al recuerdo y convertirla en una actividad capaz de atraer a los vecinos. La preparación también refleja cómo trabajan durante todo el año: repartiendo tareas y echando una mano allí donde hace falta. Cocinar, preparar el espacio, organizar a los participantes o solucionar cualquier imprevisto forma parte del proceso.
Una asociación que lo aprovecha todo
Esa forma de trabajar también se refleja en los materiales que utilizan. En Labacengos procuran aprovechar lo que tienen y dar una segunda vida a objetos que otras personas ya no necesitan.
Es aquí donde aparece una de las anécdotas que más risas provocó durante la entrevista. Javier, integrante de la directiva, bromea con Eva (presidenta) por su facilidad para aceptar prácticamente cualquier donación que pueda ser útil para la asociación. Una nevera, un congelador, materiales para los talleres o cualquier objeto que pueda aprovecharse acaba teniendo un hueco.
La broma termina con el diagnóstico particular de Javier: 'Tenemos síndrome de Diógenes'. Eva se lo toma con humor y responde: 'Eso puedes ponerlo en letras grandes'.
Más allá de la broma, la asociación defiende precisamente la reutilización. 'Fomentamos la reutilización', explican. Y los vecinos responden. Muchas de las cosas que utilizan han llegado porque alguien las tenía en casa y pensó que podían ser útiles para la entidad.
Esa colaboración funciona también en sentido contrario. La asociación presta materiales y ayuda a otras entidades de la zona cuando lo necesitan. 'Al final nos ayudamos entre todos. Como también nos ayudaron a nosotros cuando empezamos', explican.
Una parte de Labacengos que también mira hacia fuera

La actividad de la asociación tampoco termina en las fronteras de la parroquia. Una de sus iniciativas más importantes es la Tarde Solidaria, que organizan coincidiendo con el aniversario de la entidad y que sirve para colaborar con el Banco de Alimentos de Ferrolterra.
La respuesta de los vecinos ha permitido reunir grandes cantidades de productos. En una de las últimas campañas llegaron a recoger alrededor de mil kilos. 'Los del Banco de Alimentos es que alucinan', cuentan.
Además, intentan que las campañas respondan a las necesidades reales de quienes reciben la ayuda. 'Nosotros siempre preguntamos qué es lo que os hace falta'. De esta manera, pueden centrar la recogida en los productos que más se necesitan en cada momento.
La solidaridad aparece también en gestos mucho más pequeños. Recuerdan, por ejemplo, ocasiones en las que han llevado comida a vecinos que no podían acudir a alguna actividad porque estaban enfermos. Son detalles que, para ellos, forman parte de la misma manera de entender el asociacionismo.
El reto de que alguien coja el relevo

Después de más de veinte años, la asociación se enfrenta ahora a una preocupación diferente: quién continuará haciendo todo esto dentro de otros diez o veinte años. Cuando se les pregunta cómo les gustaría ver la entidad dentro de una década, la respuesta es inmediata: 'Relevo generacional'.
Los integrantes actuales saben cuánto trabajo hay detrás de cada actividad. Organizar una comida, preparar una excursión, montar una fiesta o mantener el local requiere tiempo y dedicación. Y encontrar personas jóvenes dispuestas a asumir ese trabajo no siempre resulta sencillo. 'Nosotros nos vamos acabando', bromean.
Pero la preocupación es real. La asociación necesita que nuevas generaciones se incorporen poco a poco, no necesariamente para asumir de inmediato puestos de responsabilidad, sino para empezar a participar, aportar ideas y conocer cómo funciona la entidad. Porque el objetivo no es simplemente mantener un calendario de actividades. Lo que quieren conservar es la forma de hacer las cosas: repartir tareas, ayudarse, aprovechar los recursos, recuperar tradiciones y, sobre todo, trabajar juntos.
'Aquí cabemos todos', aseguran. Y vuelven a una idea que aparece varias veces durante la conversación: 'Hay que ser un equipo'
Por eso la asociación también quiere dar las gracias a sus familiares y a todos los vecinos que los ayudan día a día, así como a todos los que pasaron por la directiva a lo largo de todos estos años.
Desde aquel 2004 en el que unas vecinas se preguntaron cómo podían dar vida a Labacengos hasta hoy han pasado más de veinte años. En ese tiempo han cambiado las actividades, han conseguido un local, han recuperado tradiciones, han organizado comidas para cientos de personas, han recogido alimentos para quienes los necesitan y han llenado de vida un espacio que antes no existía.
Pero la esencia sigue siendo la misma. 'Labacengos no es solo el lugar donde vivimos: es una comunidad que construimos entre todos'.
